BAR

El ruido de las charolas, las risas y el choque de las copas amortiguaban la incomodidad que Carolina respiraba en el ambiente. Ella, con los finos labios pintados de rojo intenso, un chongo que le sujetaba el cabello, y un escote que dejaba ver sus delgadas clavículas. Tenía un aspecto radiante, sin embargo, sabía que él no notaría el esfuerzo que había hecho por verse más guapa.
Carolina cruzó las piernas, tomando una postura decidida. Él, en cambio, bebía grandes sorbos de whisky, se lamía los labios y el bigote para saborear hasta la última gota, esa manía que años atrás a ella le parecía encantadora, ahora le resultaba repugnante.
–¿Y bien? – preguntó mirándolo sin parpadear, él la observó como si no supiera de que hablaba, al ver que su boca no se movía, prosiguió –¿te han dado el trabajo?– él se encogió de hombros cuando la camarera se acercó a retirar la vacía botella de licor, preguntó si deseaban la cuenta y los dos asintieron al tiempo. Cuando se alejó, él volvió a mirarla a los ojos, listo para la bronca. De fondo se escuchaba la canción que habían bailado cuando se conocieron, pero ninguno de los dos le dio importancia. Ella volvió a tomar la palabra.
–Aun nada ¿no es así? – sus ojos cristalinos mostraban su decepción. Él encendió el último cigarrillo que le quedaba y pasó su mano sobre su escaso cabello intentando acomodar sus revueltos pensamientos, no quería que las palabras salieran de su boca como ráfagas, no quería desatar su furia sobre ella.
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PROMETISTE

Me prometiste que sería para siempre, que no habría fuerza que pudiera separarnos, que seríamos los dos contra el mundo, contra el tiempo, contra la soledad.

Me prometiste que cuidarías de mi por siempre, o al menos lo que tuvieras de vida. Que jamás me dejarías sola y que seríamos eternos en nuestras almas.

Me dijiste que esperara, que fuera paciente, que solo era una mala racha, que pasaría y que después, se olvidarían los malos tiempos.

Me dijiste que todo estaba bien cuando nuestro mundo se derrumbaba, dijiste que construiríamos castillos con nuestras ruinas.

Dijiste también que nunca me lastimarías, que contigo estaría a salvo y has sido el único que me ha golpeado contra mi propia existencia.

Juraste que seria la única, que tu amor por mi era infinito.

!gran ilusa que soy! !gran estupidez la mía!

Juraste que envejeceríamos juntos, que moverías montañas para estar a mi lado, que nada me faltaría mientras tu vivieras.

Te vi llorar por mi, te vi a aferrarte al poco amor que me quedaba por ti, y de nuevo fallaste.

Prometiste que con el tiempo todo iría mejor, que crecería un árbol de nuestras hojas secas, que el reloj marcaría las manecillas hacia atrás y que podríamos volver a empezar.

Prometiste que andarías por el mundo, siempre buscando mi sombra, siempre buscando mis besos, siempre buscando mi cuerpo.

Pero, mentiste.

Samantha Vergara R.

La espera

Le he enviado una carta desde hace dos días, en ella le he escrito lo que siento. Ocho cuartillas de todo lo que me consume, de todo lo que le he hecho, de todo lo que soy.

Le he dicho que espero por ella a las cinco en punto del viernes, debajo del faro donde nos conocimos. Aún puedo visualizarla con un singular vestido rosa. Era solo una niña. Ahora es una mujer. Sigue leyendo “La espera”

ELEONORA capitulo 1

— Eleonora podrías pasarme un poco de té — ella asiente con la cabeza y se dispone a servirlo, la tetera aún esta caliente y al tomarla se ha quemado un poco los dedos.

Gracias cariño — le agradece su madre y continua hablando a sus cinco hijas que la escuchan. Eleonora es la única que mira al piso mientras su madre habla — “el conde es un buen hombre, cualquiera de ustedes puede aspirar a ser su esposa, es educado, amable y posee tanto dinero que no le alcanzaría la vida para contarlo”. Sigue leyendo “ELEONORA capitulo 1”