El rostro de mi padre

Esta mañana he mirado mi rostro en el espejo, me he asustado un poco al ver que mi padre ha renacido en mi. Justo así lucia él a esta edad. El mismo rostro cansado, las mismas bolsas debajo de los ojos, y puedo jurar que hasta las mismas arrugas.

Mi padre era un hombre viejo, mi madre era una mujer más joven, ella tenía un aspecto radiante. Él era 15 años mayor que ella. Dudo que fuera feliz al lado de mi padre. Aparentaba mucho frente a las personas, se decía muy enamorada pero lloraba a solas por tener que soportar los vicios de mi padre. ¿Que cuáles vicios? El alcohol y las mujeres, sin nombrar el terrible defecto de tener un carácter de mierda.

Cuando llegaba la noche mi madre prefería dormirnos antes de dar las 8, para no tener que ver el show que daba mi padre al entrar por la puerta. Llegaba borracho, grosero, y soberbio. Golpeaba a mi madre por cualquier motivo, nos llamaba a la sala para darnos palizas, aunque la mayoría de las veces intentábamos no hacer ruido para que él no notara que estábamos despiertos. Después de una hora de gritos al fin se quedaba dormido.

Para ir a la escuela mi madre solía despertarnos más temprano de lo debido y así salir a escondidas mientras mi padre dormía. Y cuando nos llegaba a cachar saliendo, era un momento terrible. Nos daba unas buenas tundas. Por suerte era en contadas ocasiones, siempre éramos más ágiles que él.

Mi hermano menor Gabo, quien era dos años menor que yo, era un niño valiente, con muchos sueños por cumplir. Amaba la lectura y las matemáticas. Mi madre decía que era un niño prodigio. Por mi parte yo era uno más del montón, un holgazán que había salido como mi padre. Me costaba entender las matemáticas y muy regularmente reprobaba mis materias. Gabo con apenas 5 años me había superado de una manera inimaginable. A su corta edad sabía leer, hacer cuentas y escribir mientras yo sufría por pronunciar mi nombre, y es que quién le pone a su hijo “Zuriel”. Mi madre decía que era muy distraído y torpe.

Al año siguiente mi padre me empezó a llevar a la cantina con él. Decía que era por mi bien de hacerme un hombre.

A mi me agradaba ir, por que era el único momento en que mi padre parecía ser feliz, incluso les decía a sus amigos que estaba orgulloso de mi, nunca sabre si aquello era cierto. Recuerdo mirar entonces a todos esos hombres, perdidos en sí mismos, consumidos por el alcohol, infelices en cada trago, pero sintiéndose plenos por su estado etílico. Bailaban y cantaban, chuleaban a cada mujer que había en el lugar. Bien parecían animales en brama.

Pero las idas con mi padre a la cantina solo duraron dos meses, pues él falleció, se ahogó de borrado como vulgarmente se dice. Ya no pudieron hacer nada para ayudarlo. Y fue entonces cuando dejé la escuela y comencé a trabajar con solo 9 años. Doña Josefina me dio empleo en su tiendita,era una mujer anciana que ya no podía ni con su alma y ahí estaba yo, ayudándola a cobrar y entregar productos. Fueron las mejores tres semanas de mi vida, hasta que me saco a patadas cuando me descubrió comiendo uno de sus chocolates a escondidas. Anduve entonces en busca de trabajo mientras mi madre se dedicaba a lavar ajeno y Gabo seguía en la escuela. Según mi madre él nos sacaría de pobres. Empecé entonces el negocio de bolear zapatos, hasta que me robaron mi caja de la boleada. Después ayude a repartir periódicos, pero la gente se quejaba porque nunca les llegaba, la mayoría de las veces tiraba los periódicos para poder ir a jugar videojuegos en las maquinitas. Cuando mi jefe, el señor González, se dio cuenta me quitó hasta mis zapatos rotos para que anduviera descalzo y así pudiera humillarme de alguna manera.

Pase cerca de una semana sin zapatos hasta que mi madre me pudo comprar unos nuevos. Recuerdo mi felicidad y lo emocionado que estaba. Todo parecía marchar bien. Hasta que una mañana me mandaron a llamar mis vecinos, habían atropellado a mi madre a unas calles, la ambulancia se la llevó pero nos dijeron falleció en el camino. Ahí fue cuando mi vida se vino abajo, y no solo la mía, también la de Gabo, ahora los dos teníamos que hacer frente a ser huérfanos.

Después del velorio de mi madre vivimos un tiempo con la tía Rugina, la cual era una bestia humana, nos golpeaba, nos obligaba a trabajar, no nos llevaba al colegio y nos tenia esqueléticos de hambre. Aquella mujer era despiadada, gracias al cielo solo fueron 2 años lo que duró nuestro tiempo en su fría casa, una noche se ahogó con su propio vomito. Gabo y yo nos sentimos aliviados cuando los dieron la noticia de que había fallecido.

Fue entonces cuando nos enviaron a un orfanato, uno de los peores y mejores lugares en los que he estado. Gabo y yo hicimos buenos amigos, era bastante divertido pese a que las monjas nos tenían como soldados con vara. El agua al bañarnos era helada pero dormíamos en camas calientitas. Aún recuerdo el olor a limpio de las sabanas. A los tres meses fui adoptado por un matrimonio, pero el dolor que sentía al ser separado de mi hermano fue lo que me hizo escapar de aquella grande y hermosa casa, es verdad que ellos lo tenían todo y que aún me pregunto cómo hubiera sido mi vida si me hubiese quedado con ellos. Pero jamás lo sabré. Regrese una tarde por Gabo, lo ayude a saltar por la barda del orfanato, recuerdo que se desgarro la rodilla y tenía una enorme herida por aventarse y caer sobre un arbusto. Escapamos de ese lugar, estábamos solos con tan solo 12 y 10 años. Así fue como comenzamos nuestra vida en la calle, pidiendo limosna.

A los dos meses de dormir entre las calles con otros niños como nosotros, conocimos a Elia, una niña de 13 años, ella solía acompañar a su madre a vender empanadas cerca de la estación de tren. Fue la primera chica de la que me enamoré. Pasábamos buenos momentos, recuerdo que jugábamos cerca de las vías junto con otros niños de la calle. Nos encantaba mirar los trenes pasar, aquello era el mejor espectáculo al que podíamos acudir, aquella era una experiencia maravillosa, infinita. Casi podía olvidar los maltratos y golpes que sufría al ser un niño de la calle. Pero, cuando Elia cumplió 15 años su padre vino por ella. Era un hombre adinerado, recuerdo lo asombrados que estábamos todos al verla irse en aquel gran auto. Pasaron 6 años para que pudiera verla otra vez, en esos tiempo yo tenía un trabajo estable en un negocio de bicicletas, y Gabo trabajaba ayudando a don Julio arreglando televisiones y radios.

Recuerdo el día que regresó, ahora echa una mujer de 21 años. Me sonrío con esa mirada pícara, su cabello era más largo le llegaba hasta la cintura, llevaba los labios rojos y sus enormes ojos miel resaltaban ante el brillo del sol. Platicamos toda la mañana. Su padre la había llevado a estudiar ballet a una de las mejores escuelas, ahora viajaba por el mundo, era otra persona. No aquella chica insegura de zapatos sucios y rotos.

Me ofreció entonces un pequeño trabajo en la empresa de su padre, y yo no dudé ni un segundo en aceptar. El empleo era lejos y para ello tenía que irme de la cuidad.

Me despedí de Gabo, quien lucia realmente emocionado y feliz, a mi me daba tristeza que él se quedara haciendo lo mismo. Ahora después de todo, me arrepiento de haber dejado a mi hermano. Solo 4 meses después de haberme ido, me dijeron que había sufrido un accidente y había fallecido. Jamás sabré lo lejos que pudo haber llegado si nuestra vida hubiera sido diferente, si mi padre hubiera sido otro, si mi madre hubiera dejado a mi padre antes de todo el daño que nos hizo, si mi madre no hubiese muerto, si no hubiera regresado por Gabo y a él lo hubieran adoptado unos meses después, si Elia hubiera regresado a ofrecerle el trabajo a él y no a mi. La vida es así, casualidades, decisiones, errores. Quizá todo haya estado escrito. Quizá todo lo hayamos forjado.

Mirar atrás aún duele, aún me desgarra el alma, aún puedo sentirme conteniendo las lagrimas. He sido feliz pero también he sido el hombre, el niño, la persona más infeliz. He conocido la alegría con la llegada de mis hijos, pero también he conocido la tragedia al perder a mi madre y a mi hermano. Y hoy, ver el rostro de mi padre reflejado en mi, me hace solo querer ser mejor que él, dar más, pedir menos. Abrazar a mis hijos, darle un beso a mi esposa, dar lo que él jamás pudo.

Samantha Vergara Rojano

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